Sáb. May 25th, 2024

Por Carlos Caballero Montero

Fragmentación Nacional

¿Por qué se cuestiona tanto la Identidad Nacional durante la guerra con Chile? Porque ésta no existía en lo absoluto, es más, no estaba instalado ni siquiera un germen o proyecto de tal índole desde la independencia. El sentimiento nacional era un recuerdo de esa época y de exclusividad de las élites criollas.

Existen varios indicadores que durante y después de la Guerra del Pacífico ya denotaban esta ausencia de identidad y sentimiento nacional. Desde los levantamientos populares, pasando por el caudillaje militar hasta los propios discursos políticos. Todo ello evidenciaba una gran fisura a lo largo y ancho del territorio.

Contexto del Estado Oligárquico

El estado oligárquico era poco sólido, con sendas brechas y débiles lazos de conexión entre las élites provincianas y limeñas. La convocatoria de parte del estado para colaborar en el soporte de la guerra tuvo más acogida en las clases populares y de comerciantes, antes que la clase opulenta misma. Estas estaban más enfocadas en la seguridad de sus propiedades y el evitar la pérdida de su patrimonio financiero.

El control de la servidumbre y de la mano de obra se iba diluyendo a medida que el conflicto progresaba a favor del ejército invasor. En el fondo, convenía más a las élites que los chilenos mantuvieran la ocupación y se evitara que perdure por mayor tiempo el saqueo y pillaje que ya se estaba manifestando. Claro está que la presencia chilena no necesariamente contenía el levantamiento social, sino más bien, lo estimulaban.

La Oligarquía de la Costa Norte

Es el caso del norte del país. Chiclayo es un claro ejemplo del descontrol sin Identidad Nacional. En esta ciudad norteña, el general chileno Patricio Lynch dejó testimonios de la simpatía de los trabajadores de varias plantaciones hacia su ejército y el cómo apoyaron en la ubicación de la maquinaria escondida por sus patrones.

Por su parte, Ramón Aspíllaga, uno de los propietarios de la hacienda Cayaltí comentaba de lo peligroso que sería la escalada de esta «guerra interna» antes que la externa, evidenciando claramente su preocupación. En una carta dirigida a sus hermanos, del 6 de junio de 1880, refería:

«Esta guerra nos debe enseñar a ser mas pensadores… no solo defendiéndola del enemigo extranjero, sino tambien del monstruo devorador de la guerra civil… Todo esto despierta en nosotros una gran desconfianza y es mayor, porque notamos en el país que los descansados forman la mayoria y son los que mas quieren dejarse oir y representar… hagan mucha atención de lo importante que es el buen y prudente manejo… con los chinos. Cualquiera conmoción sea por la Guerra de Chile o por nuestras calamidades interiores, pueden aprovecharlas los chinos y los plebe de esos valles… en el estado actual del país, no hay garantías ni seguridades, para la persona ni la propiedad, esto nos preocupa más que la guerra» [texto transcrito tal cual desde su original]

La Oligarquía provinciana

Los oligarcas de provincia también veían con suspenso ésta pérdida de control sin Identidad Nacional, al punto de colaborar con los chilenos para protegerse de las montoneras de Cáceres y las rebeliones locales. De aquí que la presión de los terratenientes por aceptar la paz a como dé lugar termina ganando terreno con la incondicional postura de Iglesias, quién también tenía mucho que perder en Cajamarca.

Al no existir conciencia de patria, los soldados rasos únicamente seguían a tal o cual oficial sobre el que por lo general, habían servido también en sus respectivas propiedades. Veían la guerra como un «conflicto de mistis» o contra el «General Chile», sin reparar en el origen del mismo.

Poco tiempo sucedió para expresiones vandálicas contra la clase propietaria ni bien disminuyó su poder e influencia sobre las clases menos privilegiadas. Saqueos con destrucción de haciendas y negocios hubieron por montones y de forma espontánea, pero al no existir una conciencia de clase plenamente desarrollada, éstas se realizaban sin dirección u objetivos sociales o políticos. Se consideraban como simples reacciones que provenían de un resentimiento acumulado y contenido por décadas.

La ausencia de conciencia de clase no sólo cultivaba una fractura social vertical, sino también, horizontal. Ejemplo de ello son los actos violentos de parte de la comunidad negra e indígena contra la comunidad china en el sur de Lima (Cañete). De ahí que muchos chinos se alinearon con el ejército chileno y participaron en el saqueo de las haciendas. La misma ciudad capital no fue ajena a estas situaciones con el saqueo de negocios y persecución a orientales.

Los Andes Centrales

Sin embargo, hay una excepción notable y se dio en el marco de la Campaña de la Breña con las montoneras de Andrés Avelino Cáceres y los Andes Centrales. Aquí existía un compromiso de parte del campesinado y pequeños comerciantes locales. Si bien no se le puede etiquetar como una expresión de Identidad Nacional plena, se acerca mucho a una intención de reforma y de incipiente lucha en el marco de conciencia de clase, aunque se discrepa lo que refieren los entusiastas historiadores  que lo proponen (Nelson Manrique y Florencia Mallón).

Ambos coinciden que había una visión política amplia para el establecimiento de un cambio a formas más democráticas frente al monopolio de las élites provincianas. Florencia Mallón va más allá y lo menciona como una «semilla multi-clasista, nacionalista y popular». Para sustentar ello se vale de la homogeneidad del valle del Mantaro y las relaciones comerciales existentes entre agricultores y pequeños negocios, lo que cuajó en objetivos comunes al iniciar la Campaña de La Breña.

Pero, siendo cierto o no el enfoque de Manrique y Mallón, Cáceres terminaría cerrando ese capítulo al acercarse a las élites provincianas y exigir para ellos la devolución de las tierras confiscadas por las montoneras que tanto lo apoyaron. El objetivo ya no fue vencer al chileno, sino obtener el favor político suficiente para llegar a la presidencia ante la amenaza de Nicolás de Piérola. Ubiquemos por tanto, a Cáceres como representante de la facción proveniente de la élite comercial limeña. De aquí que algunos lo consideren un traidor a la causa que enarbolaron sus montoneras.

Pensadores Siglo XIX

Cuatro gobiernos

«Primero los chilenos antes que Piérola» referían sus opositores al ocupar éste el sillón presidencial luego de la huida de Mariano Ignacio Prado hacia Europa. No había consenso ni liderazgo único consolidado antes, durante y después de la guerra. Obvio, insistimos, no había Identidad Nacional. Primaban los intereses de cada clase o grupo social.

Ejemplo de ello fueron las diversas asambleas legislativas que se dieron lugar durante la ocupación en Chorrillos: Francisco García Calderón desde  su gobierno de La Magdalena (actual distrito de Pueblo Libre); Nicolás de Piérola desde Ayacucho (luego de huir de Lima); Miguel Iglesias desde Cajamarca (buscando justificación para su «Grito de Montán») y Lizardo Montero desde Huaraz y Arequipa, quien tomaría el poder del gobierno de La Magdalena luego que los chilenos apresaran y deportaran a García Calderón por no firmar la cesión de territorio.

Estas asambleas sucedieron casi en simultáneo y cada una con propuestas convenientes a sus intereses de grupo: García Calderón por no ceder el territorio, Iglesias a favor de ceder territorios, Montero por la continuidad de la guerra, etc). En paralelo a estas asambleas legislativas, el accionar de Cáceres en los andes bajo el esquema que ya se ha comentado como de multi-clasista y multi-étnico, completaron el cuadro.

El Tratado de Ancón

De todos ellos, se impuso el apoyo hacia Miguel Iglesias, tanto del lado chileno como de un buen sector de la clase terrateniente peruana, principalmente de la costa y los andes del norte. A pesar de la oposición que tuvo de parte de terratenientes provincianos y de la élite comercial limeña con intereses en el negocio del salitre, la intención de Iglesias por ceder territorio y firmar la paz, estaba dirigida a quitar tiempo a las clases populares para alimentar su levantamiento, generar descontrol social o disminuir la ventaja estratégica de Cáceres.

Toda esta coyuntura aceleró la firma del Tratado de Ancón y la consecuente pérdida perpetua de Tarapacá, el pago de tributos y la extracción de un millón de toneladas de guano. El conflicto se extendió más allá del retiro de las fuerzas chilenas y culminaría con la huída de Iglesias y la toma de Lima por Cáceres. A partir de aquí la fragmentación en el país se vuelve más política y antes que militar.

Posturas luego de la Guerra

Manuel Gonzáles Prada no ocultó su decepción en el manejo de la guerra al cuestionar la infidelidad de los partidos políticos y su papel obstaculizador para la creación de una patria unida antes y después del conflicto armado. Recriminaba a los de su clase por dar prioridad a sus intereses particulares, pues era consciente de la ausencia del concepto de patria en todas las estructuras de la sociedad peruana. Para él, simplemente no existía y no iba a existir mientras continuara la marginación del indígena en los proyectos políticos.

Además de la postura de Gonzáles Prada, discurre otra no tan trascendente, pero con importante presencia entre las clases sociales propietarias, pues la tomaron como la oficial, la vigente y la cierta. Esta postura era defendida por Alejandro Deústua, filósofo y literato, visiblemente racista y sobre todo, anti-indígena. Deústua refería que la población indígena y su número exagerado en el Perú era el responsable de la derrota. Los indios, para él, eran un «peso muerto», una raza sobre la cual no había que escatimar esfuerzo alguno en educar o redimir por su nivel de inferioridad y decadencia.

Atusparia y la Confirmación de la Fractura Nacional

Durante el primer gobierno de Cáceres, la rebelión indígena más grande de fines del siglo XIX tuvo lugar en Ancash, la de Pedro Pablo Atusparia. Este rebelión tuvo su origen en la imposición del tributo “trabajos de República”, una especie de mita republicana que consistía en limpieza de villas, envío de correo, limpieza de establecimientos públicos y vigilancia antidelincuencial. Los rebeldes tomaron las principales villas a lo largo del Callejón de Huaylas, así como la ciudad de Huaraz. El gobierno detuvo la sublevación, apresaron a Atusparia y Cáceres le brindó su “perdón”. Los “trabajos de República” fueron suprimidos.

Los diversos sucesos a los que nos hemos referido, la labor de Manuel Gonzáles Prada, la pugna entre facciones, la lucha entre caudillos militares y los levantamientos locales/regionales, confirman las fracturas políticas y sociales que jamás condujeron a la gestación de una idea o sentimiento nacional, peor aún, de la conformación de una identidad. El deseo de una cohesión nacional no pasaba de los discursos y algunas leyes reivindicativas que jamás tuvieron aplicación real. La Guerra no sólo dejó en ruina económica al país, también sacó a flote la inexistencia de una identidad nacional y una generalizada fragmentación en alguna propuesta de estado o país.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *